Un día en la vida de los H’mong de Sapa

Es temprano, muy temprano. Aún no ha salido el sol, pero el gallo ya está despertándome con su insistente canto. El frío se cuela entre las rendijas de la madera y me da pereza salir de debajo de las mantas, pero tengo que trabajar. Comienza un nuevo día para esta H’mong de Sapa.

Salgo de la casa para ir al baño. Debemos estar a 0 grados y mientras me aseo no puedo evitar pensar que fue todo un acierto poner ese calentador de agua. De no ser por él, ¡estaría congelándome ahora mismo! Pongo un poco de leña en la hoguera para hacer un pequeño fuego y me voy a preparar pho para desayunar.

Mi marido ya se ha levantado. También mi suegra, mis cuñados y sus tres hijos. Ahora iré a despertar a mis dos pequeños. Todos vivimos en la misma casa y solo tenemos un baño. ¡Cada mañana es una pelea por ver quién lo utiliza primero y lograr un hueco junto al fuego para calentarse!

Como cada día, mi marido y mi cuñado se quedarán al cuidado del búfalo, las gallinas y el campo. Hace unos días plantamos el maíz, así que ahora tenemos que hacerlo crecer. Mi cuñada, mi suegra y yo, en cambio, llevaremos a los niños a la escuela y pondremos rumbo a Sapa.  

Sapa, viaje por el norte de Vietnam
Nuestra bonita tierra

Nuestro pueblo, Hau Thao, se encuentra a unos 9 kilómetros de Sapa y tenemos que recorrerlos a pie. No sé en qué momento a estos extranjeros les entró la curiosidad por venir a ver nuestro valle y conocernos. Por una parte me halaga que vengan de otras partes del mundo a conocer nuestra cultura. Pero por otra, cada vez hay más y no sé hasta qué punto dejaremos de ser auténticos para convertir nuestras costumbres en un circo. Puede que incluso esto ya haya pasado y no nos estemos dando cuenta. En fin, qué más da. Esto nos da de comer a todos.

A la “caza de turistas” en Sapa

Son las 8 de la mañana pasadas cuando llegamos a Sapa. En el camino hemos encontrado vecinas y hermanas de otras aldeas que vienen hasta aquí con el mismo cometido que nosotras: encontrar turistas que quieran hacer la ruta de senderismo por el valle y quedarse a dormir una noche con los H’mong de Sapa. Otras tantas, como mi suegra, intentarán venderles artesanías. Nosotras les decimos que los tejidos, los bolsos, las pulseras y todo lo que vendemos es hecho a mano, aunque no sea del todo cierto.

Ya estamos todas en la plaza de la iglesia de Sapa, nuestro punto de reunión, y los primeros turistas comienzan a aparecer en torno a las 9. La rutina aquí es siempre la misma: todas las H’mong de Sapa intentamos llevarnos una porción del pastel así que volvemos locos a los turistas enseñándoles fotos de nuestra casa, indicándoles la ruta que haremos o mostrándoles un librito de recomendaciones. Éste nos ha traído suerte en las últimas semanas, pero parece que hoy se nos están resistiendo. Mi suegra tiene suerte y logra acompañar a un grupo para venderles después sus artesanías.

Iglesia de Sapa
La iglesia es el lugar más concurrido en Sapa cada mañana

Salimos de la plaza y encontramos a dos mujeres españolas que al principio no parecen muy convencidas. Todo cambia cuando les enseñamos nuestro librito de recomendaciones. Aquel grupo de españoles que llevamos a casa hace unos días y escribieron en él les ha convencido. De lo que no estamos tan contentas es del precio acordado con ellas: queríamos cobrarles 80$, pero solo están dispuestas a pagar 60$ por las dos. Entre la poca ganancia de hoy y que solo son dos, decidimos que yo me las llevo a la caminata y mi cuñada llama a su marido para que venga a recogerla y volver a Hau Thao a ayudar en el campo.

Hacia el valle

Salimos de Sapa y por el camino se nos unen Mama Li y Mama Qu. Las mujeres H’mong de Sapa se convierten en “Mama” cuando son las jefas de su casa. Yo, aunque tengo dos hijos, aún no soy “Mama” porque tengo 21 años y vivo con mi cuñada y mi suegra que son mayores que yo.

Todas las Mama de nuestra etnia se dedican a acompañar a los turistas y venderles artesanías. Cargan con su cesto a la espalda lleno de bolsos y telas con la esperanza de vender algo, pero no solo eso. Como muchos turistas no están acostumbrados a caminar por el barro o no llevan el calzado adecuado, las Mama les toman de la mano para ayudarles a salvar los tramos más complicados. ¡No sé qué harían todos estos viajeros sin ellas con lo torpes que son! Una de las dos españolas que venían con nosotras ese día se ha caído dos veces en apenas media hora. Seguro que vive en una ciudad.

H'mong de Sapa, viaje por el norte de Vietnam
Mama Li y Mama Qu junto a las españolas

Durante el camino les voy dando algunas explicaciones y nos cruzamos con otros grupos de turistas acompañados por otras compañeras. Todos hacemos una ruta parecida, pasando por Lao Chai, donde almorzamos. Aquí las Mama se despiden de nosotras, no sin antes venderles algunas cosas a las españolas. Una se ha comprado una funda de cojín y la otra un bolso y una pulsera, pero han regateado mucho. No me gusta cuando regatean tanto. ¿Por qué se gastan tanto dinero para venir hasta aquí y después son tan tacaños para comprar algo que les sale barato y que no van a conseguir en sus países?

Hogar dulce hogar

Llegamos a casa sobre las 4 de la tarde. Queda tiempo para la cena, así que voy a comprar y les preparo un té a nuestras invitadas. Llega Dze, mi cuñada, con los niños y al rato comienzan a llegar los demás. Las españolas se interesan por cómo preparamos la cena y una de ellas se atreve a preparar un rollito de primavera. La otra se dedica a grabar con el móvil. Es increíble cómo estos turistas no pueden separarse de sus móviles.

Además de rollitos, preparamos una cena típica vietnamita, con champiñones, bambú, ternera con pimiento y arroz. Parece que el bambú no les gusta mucho, pero los rollitos les apasionan. Sorprendentemente se defienden comiendo con los palillos -no todos los turistas lo hacen. Nos escuchan con atención, aunque no deben entender nada de lo que decimos.

Al terminar mi cuñado les ofrece un poco de alcohol que él mismo hace, pero no quieren probarlo. Aunque rechazar algo de quien te hospeda sea considerado una falta de educación en nuestra comunidad, lo cierto es que hemos aprendido a no tomárnoslo como una ofensa, pues vemos que muchos turistas anteponen sus gustos a la cortesía. Son cosas de la cultura.

Cena vietnamita en casa de los H'mong de Sapa
La cena vietnamita que les ofrecimos a las españolas

Como cada tarde, después de cenar voy a misa con mi marido, así que les invito a que vengan y a esto sí aceptan. Imagino que porque en España son muy religiosos, o eso he oído por ahí. Nuestra iglesia cristiana es pequeña, pero tiene suficiente espacio para que nos juntemos a rezar y cantarle al Señor todos los días. A las españolas les llamó mucho la atención que cantásemos tanto. Me dijeron que parecía un karaoke y no pude evitar reirme. ¿Es que allí no cantan en la iglesia? Qué aburrido debe ser.

Acaba la misa y volvemos para casa. Tenemos una parte habilitada para los turistas que vienen a dormir con dos colchones en el suelo, mosquiteras y buenas mantas. Está en la parte derecha de la planta de arriba, y mi cuñada, su marido y los tres niños duermen al otro lado. Mi suegra duerme en la planta baja, igual que mi marido, mis hijos y yo.

Mañana será mi cuñada la que siga la ruta con las españolas y yo volveré a Sapa a buscar nuevos turistas que se queden a dormir con nosotras. Espero poder traer a un grupo más grande para ganar más dinero. Hace días que quiero comprarme una camisa nueva, pero no tengo suficientes ahorros porque casi todo lo invertimos en el campo e ir acondicionando la casa. Mientras me acomodo bajo las mantas se me ocurre que quizá podríamos ofrecerles algún servicio más a estos turistas… En fin, es tarde y mañana hay que volver a madrugar.


Nota: éste es un relato de ficción basado en mi experiencia real con los H’mong de Sapa. Las opiniones de la protagonista han sido inventadas para realizar una pequeña crítica a la forma en la que muchos viajamos a otros países con una cultura diferente.

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