Por qué no me gustó la visita a la Guinness Storehouse en Dublín

Los que me conocen saben que me gusta (mucho) la cerveza. Cada vez que visito algún lugar intento probar varias cervezas locales o de la región, e incluso visitar alguna fábrica de cerveza. Por eso, al visitar Dublín no podía dejar pasar la oportunidad de ir a la Guinness Storehouse.

La Guinness Storehouse es un museo dedicado a la cerveza Guinness, con varias plantas con diferentes bares, carteles informativos sobre la elaboración de la cerveza o su historia. La entrada cuesta 18€ para los adultos (comprando online) e incluye una pinta de Guinness que te puedes tomar o en su Guinness Academy, donde tú mismo te puedes poner la cerveza, o en el último piso disfrutando de las vistas desde el bar panorámico.

Cerveza Guinness
Cerveza Guinness

Este museo es una visita “obligada” en Dublín, te guste la cerveza o no, ya que la cerveza Guinness es algo así como un icono de la ciudad y de Irlanda. Pero como puedes intuir a través del título de post, a mi no me terminó de convencer por varios motivos:

1- Al ser un museo, no se visita la fábrica como tal. Esto es, sin lugar a dudas, lo que más me decepcionó. No había leído prácticamente nada antes de mi visita y tenía la idea de que se visitaría la fábrica donde se produce de verdad la Guinness, pero no es así. Para entender el proceso de elaboración, simplemente se hace un recorrido con carteles explicativos (en inglés) sobre los ingredientes y las fases de fermentación, etc. Aunque existen audioguías, que probablemente expliquen más que los carteles, no me parece suficiente como para entender el proceso.

Mural explicativo sobre el proceso de elaboración
Mural explicativo sobre el proceso de elaboración

2- La visita se hace sin guía. Como menciono en el punto anterior, hay carteles explicativos y audioguías, pero no hay nadie que te cuente anécdotas, que haga la visita más personal o cercana, que te transmita realmente la pasión por la cerveza… ¡Una lástima!

3- Está masificado. No sé si había tante gente porque era sábado por la tarde, pero era increíble. Debido a toda esa cantidad de gente, había que hacer colas para prácticamente todo. Por ejemplo, en la zona donde se explica cómo ha sido la publicidad de Guinness a lo largo de su historia hay un fotomatón en el que hacerte una foto a modo de anuncio y, pese a haber 3 cabinas, había que esperar unos 5-10 minutos de cola. Otro ejemplo: para acceder a la Guinness Academy, donde te enseñan a ponerte tu cerveza, había que esperar una cola de unos 15 minutos. Y no hablemos de tomarse una pinta en el bar mirador de la última planta, porque era directamente misión imposible.

Publicidad antigua de la cerveza Guinness
Publicidad antigua de la cerveza Guinness

4- El “profesor” que tuvimos en la Guinness Academy debe ser el peor empleado de la empresa. Como decía antes, en la Guinness Academy te enseñan cómo poner una cerveza Guinness, y la explicación la lleva a cabo personal del propio museo. El chico que nos tocó como “profesor” (lo pongo entre comillas porque no sé cómo llamar a esta figura en realidad) tenía, digamos, poco entusiasmo. Lo explicó todo muy deprisa, sin ponerle emoción, y no nos daba ningún feedback a la hora de practicar a tirar la cerveza nosotros mismos. Aquí la verdad es que tuvimos mala suerte, porque podíamos ver cómo sus compañeros hacían del ritual una fiesta con otros grupos.

5- Lo peor de todo: me sentí como una oveja. Con tanta gente, esa falta de personalización y cercanía, y la organización de ciertas actividades dentro del museo en grupos grandes, parecía que los visitantes fuesemos un rebaño. El personal de Guinness da sus breves explicaciones de unos 5 minutos máximo frente a grupos de 20 o 50 personas (depende de la actividad), te despachan y que entre el siguiente grupo corriendo, que hay mucha gente esperando. ¿Por qué vamos a sitios donde nos tratan así? Mejor dicho, ¿por qué pagamos para ir a sitios donde nos traten así? ¿Y por qué a la mayoría, al fin y al cabo, le gusta? Yo personalmente cada vez detesto más este tipo de turismo de masas. No me hace sentirme cómoda, no siento que haya un respeto desde la marca o el destino hacia el consumidor o visitante. Y no entiendo por qué muchas marcas y destinos se ciñen a este tipo de turismo en lugar de a la personalización y la cercanía, ¡cuando lo segundo es lo que deja huella y fideliza! ¿Cuándo vamos a aprender?

En definitiva, me llevé una decepción con la Guinness Storehouse. Me pareció más un centro comercial o parque temático que otra cosa. Probablemente me jugaron una mala pasada las experiencias que he tenido visitando otros templos de la cerveza por el mundo, ya que mis expectativas eran otras (visitar la verdadera fábrica, probar la cerveza directamente de un barril en sus bodegas, aprender cómo se hace una cerveza, desde principio a fin…). En cualquier caso, espero haber aprendido la lección (de una vez por todas) de no tener expectativas a la hora de visitar un lugar.

¡Idea!

Si después de este post aun te decides por visitar la Guinness Storehouse, te recomiendo comer ese día en el barrio donde se encuentra el museo. Al ser un lugar más popular que el centro de la ciudad, encontrarás pubs donde tomarte una pinta de cerveza y comer por un precio más económico que, por ejemplo, en el Temple Bar. Ojo, no estoy diciendo que sea mucho más barato, pero sí que notarás una diferencia de unos 3-5 euros en los platos principales.

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