“¿Y qué hay ahí?”, o cómo la naturaleza cambió mi forma de viajar

Cuando dije que me iba a La Palma de vacaciones la gente me preguntaba: “¿A La Palma?”. Así, como extrañados, como intentando averiguar qué es lo que hay ahí para haberlo elegido como destino. Muchos se quedaban pensativos tratando de recordar de las clases del cole qué lugar era ese. “¿Mallorca?”.

No, La Palma no es Palma de Mallorca. Tampoco es Las Palmas de Gran Canaria, aunque está cerca.

La Palma es una pequeña isla que pertence a las Canarias y podría decirte de ella muchas cosas. Por ejemplo, que tengo un amiga palmera que siempre me ha dicho que hay muchas cosas bonitas allí. O que hay 1000 kilómetros de rutas que la convierten en un paraíso del senderismo. O que hay millones de estrellas, ya que es uno de los mejores lugares para ver el cielo de noche.

Pero mis razones para viajar a la isla están más allá. O más acá, según se mire.

Si hace cuatro o cinco años me hubieran preguntado dónde estaría hoy, probablemente hubiera dicho que seguiría en Alemania, trabajando para la misma empresa, siguiendo la misma rutina de los 2 o 3 años anteriores. En algún momento comencé a estar descontenta con mi trabajo y mi vida allí en general. Quería un cambio, pero no sabía qué.

No fue hasta hace dos años, cuando viajé a Islandia y descubrí una naturaleza irreal, que algo me hizo ‘clic’. Llegó Islandia…

Y nada volvió a ser lo mismo

Uno de los días más extremos que recuerdo de mi vida es el que fui a ver ballenas en Islandia. El día anterior la excursión se había suspendido por mal tiempo, y ese estuvimos a punto de quedarnos en tierra también. La razón: un temporal inusual para mitad de mayo que había cubierto de nieve parte de la isla y seguía azotando la costa norte con hielo y ventiscas.

Nevaba. La temperatura exterior era de -10. Las olas del mar, de 2 metros y medio. El viento, insufrible. Ni los guantes ni las varias capas de ropa impermeable que llevábamos nos aislaban del frío. Y pese a las condiciones adversas, allí estábamos. Éramos un grupito de unas 15 personas, en un barquito zarandeado por las olas, persiguiendo un sueño al que no queríamos renunciar.

Ballena Islandia
Una de las ballenas que pudimos ver en medio de la tempestad

Tras la emoción de ver ballenas, el regreso a puerto fue duro. El frío se hacía más intenso por momentos. Los pasajeros comenzaban a caer enfermos por el vaivén sin descanso de las olas. Y allí estaba yo, sentada en el barco, mirando al infinito, hipnotizada y ajena a todo esto.

Puede resultar difícil de creer, pero ese fue uno de los momentos en los que mayor paz recuerdo haber encontrado en mi vida. Quizá la naturaleza estuviera furiosa, pero echando la vista atrás, prefiero pensar que estaba contándome una metáfora de mi vida ‘atormentada’.

En ese momento me encontraba predispuesta a escuchar e interpretar esas señales que la naturaleza me lanzaba, pero aún no lo sabía. Las fumarolas de Hverir o el géiser Strokkur me indicaban que hay paisajes que pueden transportarte a otro planeta sin salir de La Tierra. Los lagos del Círculo Dorado con montañas nevadas al fondo me recordaban constantemente que algún día tenía que viajar a Argentina, Nueva Zelanda y Canadá, mis 3 destinos top. Sucedió, que volví a casa sabiendo que no acabaría el año en Alemania. ¡Había mucho mundo que descubrir!

Fumarolas de Hverir en Islandia
Las fumarolas de Hverir… un lugar de otro planeta

Y me fui a Argentina

A Argentina y todo lo que vino con ella. Unos meses después de aquella aventura estaba recorriendo Sudamérica en solitario, con una mochila y un billete de sólo ida. Algo que ni tres, ni dos ni un año antes hubiera imaginado.

Si en Islandia había decidido lanzarme a perseguir paisajes bonitos por todo el mundo, en Argentina fueron esos propios paisajes los que me persiguieron a mí. Paisajes que lo inundaban todo y que daban sentido a todo lo que les rodeaba… Así fue cómo descubrí que la naturaleza está en todas partes. No solo en los paisajes, sino en la historia también, en la gente o en la cultura.

Conociendo a la Pacha

Ocurrió durante el Carnaval de Humahuaca, en el norte de Argentina. Allí la tradición andina se mezcla con la cristiana para dar vida a una fiesta única en el mundo. Durante una semana, los diablos salen a las calles para disfrutar de una semana pagana en la que todo se permite, no sin antes pedir consentimiento a Dios y a la Pacha Mama (la Madre Tierra).

El último día de los festejos, las cuadrillas se reúnen para enterrar al Carnaval y hacer su adoración a la Pacha. Le piden buenas cosechas, salud y felicidad. Mientras, le hacen ofrendas de vino, cigarros, hojas de coca y comida al ritmo de coplas y tambores.

Humahuaca - carnaval
Celebrando el Carnaval de Humahuaca con la Asociación tradicional de Copleros y los más mayores del lugar

Viví todo eso con la cuadrilla de copleros tradicionales de Humahuaca, en un evento muy íntimo, conociendo la tradición más fiel del Carnaval que en algún momento desaparecerá para dar paso a la versión más turística de la misma.

La Pacha da sentido a sus vidas porque representa la Tierra, y sin la Tierra no hay vida. Me sentí privilegiada, no solo por poder vivir esa tradición tan de cerca, sino por compartir con los locales sus ritos. Me acogieron en su cuadrilla como si fuera una más desde siempre, quisieron que aprendiera sobre su cultura porque están orgullosos de ella, y apreciaban que, viniendo desde la lejana España, hubiera decidido estar ese día allí, conociendo su pueblito y sus tradiciones.

No solo acabé adorando a la Pacha Mama con lágrimas en los ojos, sino que sentí algo tan fuerte que me pasé el resto del viaje haciéndolo allí por donde iba, especialmente en los lugares que me hacían sentirme más próxima a la Tierra. Cada vez que veía un paisaje espectacular, que conocía a alguien que me abría los ojos de una manera u otra para comprender la tierra que pisaba o que me emocionaba al pensar en el cambio de vida que hice, le daba las gracias por todo lo vivido y lo aprendido. Unas veces era en forma de apacheta, otras de pensamiento, y otras, dando algo a cambio.

Muelle de las almas, Chile
Muelle de las almas, en Chile. Uno de esos lugares en los que hay que sentarse a escuchar a la Tierra

Casi un año después de volver me he dado cuenta de que ya no lo hago, y eso me entristece. Volví a la “civilización” y me olvidé de la Tierra. Dejé los senderos y volví al sedentarismo. Hasta que me acordé de lo bien que me sentía sabiéndome pequeñita en mitad de la naturaleza y escuchando los mensajes silenciosos que me convertían en su cómplice. Caí en la cuenta de que tenía que ponerle remedio.

Y me acordé de La Palma

Viajé a La Palma y empecé de nuevo de cero con la naturaleza. Me dediqué a disfrutar de los paisajes de la isla. Descubrí por qué le llaman la isla bonita, y me pregunté millones de veces por qué es una gran desconocida. Llegué a la conclusión de que mucha gente aún no tiene esa predisposición a escuchar los mensajes silenciosos que la Tierra nos envía y aún no han descubierto que este lugar es un enclave privilegiado.

Mirador que hay en La Palma
El Morro del Jable, un lugar en La Palma sobrecogedor al atardecer para reconciliarme con la Pacha

Me intenté reconciliar con la Pacha. Caminé por sus senderos, observé sus paisajes finitos e infinitos y me enamoré de la vista que tenía desde más allá de las nubes.

Viajar a Islandia cambió mi vida. Lanzarme a descubrir Sudamérica en solitario me cambió a mí. Aún es pronto para saber si la Pacha hizo las paces conmigo en La Palma. Lo que sí sé es que dejar que los susurros de la naturaleza guien mi instinto por caminos insospechados siempre me ha traído cosas maravillosas… Y Nueva Zelanda y Canadá siguen en mi lista de destinos pendientes.

¿Qué habrá ahí?

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