#34 La Paz, un caos

Si hay una palabra para describir a la ciudad de La Paz, ésa es, curiosamente, caos. Según datos oficiales no llega al millón de habitanes, pero La Paz es un conglomerado de gente, coches y contaminación capaz de estresar al más tranquilo.

A La Paz hay que tomársela con toda la calma del mundo. No solo porque muchas veces es misión imposible caminar por sus calles repletas de gente y puestos ambulantes, sino también porque se sitúa a casi 4000 metros de altitud sobre el nivel del mar. Aquí cualquier calle de subida cuesta mucho más de lo normal, así que hay que ir descansando de vez en cuando. En mi viaje, de hecho, fue el único lugar en el que noté la altura. Me notaba muy cansada y solo quería dormir, mientras que en otros lugares con similar altura, como el Lago Titicaca (al que iría después) a 3800 metros, o los Andes de la región de Catamarca, en Argentina, a más de 4000 metros, no noté absolutamente nada.

Al ladito de La Paz, mezclándose con la capital, se sitúa la ciudad de El Alto, que se llama así porque se encuentra incluso a más altura que la ciudad paceña. El Alto es algo así como una prolongación “natural” de la ciudad, ya que sube por las laderas de los cerros que rodean a La Paz, haciendo que ésta se convierta en una especie de olla.

Parte de La Paz vista desde El Alto
Parte de La Paz vista desde El Alto

Hasta El Alto se puede subir en un moderno teleférico, en cualquiera de las dos líneas que suben hasta allí: la roja y la amarilla. Es muy recomendable subir hasta aquí para tener una buena idea del tamaño de La Paz. Si de por sí es una ciudad muy grande, desde aquí parece inabarcable. A medida que el teleférico va subiendo, se pueden comenzar a ver los nevados cercanos a la ciudad, como el Huayna Potosí. El más singular es el Monte Illimani, con más de 6000 metros y su cumbre siempre nevada, aunque la Cordillera Real (que así se llama este conjunto de montañas) cuenta con varios picos de más de 5000 metros de altitud muy cercanos a la capital.

Alrededores de La Paz

Desde un lugar llamado La Cumbre en esta extensa Cordillera Real parte una de las excursiones más famosas de Bolivia: la Carretera de la Muerte. Se llama así porque aquí ha habido muchos accidentes y es considerada la carretera más peligrosa del mundo, y es que la ruta discurre por una montaña plagada de precipicios. Hoy en día se ha cerrado al tráfico, que va por una carretera mejor, y solamente circulan por aquí las bicicletas de montaña con las que hacer esta ruta.

Todos los días que estuve en La Paz dudé si hacer la Carretera de la Muerte o no. Todo el mundo lo recomienda, especialmente por la adrenalina y los paisajes que se ven, pero a mi es algo que no me llamaba demasiado de antemano. Además, resulta algo caro para los precios que hay en Bolivia, ya que es una actividad orientada únicamente al turismo extranjero. De media el tour sale por unos 400 Bs. (unos 50 euros), aunque siempre dependerá de la bicicleta que se elija y la agencia. Al final decidí no hacerla, descansar y dedicar ese dinero para otras actividades.

La ruta de la Carretera de la Muerte termina cerca de Coroico, un pueblo muy conocido por ser la puerta a la selva boliviana. Aquí tenía muchas ganas de ir, especialmente porque es una parada en el recorrido hacia Rurrenabaque, otro pueblo en mitad de la selva que me habían recomendado. En este caso, descarté ir hasta Rurrenabaque, ya que el avión estaba algo caro e ir por carretera suponía unas 24 horas de autobuses (solo ida).

Donde sí fui fue a las ruinas de Tiahuanaco, la capital del pueblo pre-inca del mismo nombre, que fue una de las civilizaciones más notables de América. En cierto modo me defraudó, ya que había escuchado maravillas sobre este lugar. Algunos incluso lo equiparan al Machupicchu, pero no tiene nada que ver. Es cierto que la visita es muy interesante para descubrir de dónde viene el actual pueblo boliviano, pero el lugar está bastante destruido. El motivo es, como en la mayoría de lugares de ruinas de Latinoamérica, que los conquistadores utilizaron la piedra de los edificios antiguos para construir casas e iglesias en las nuevas ciudades que iban fundando a su paso.

Entre los monumentos mejor conservados se encuentran la Puerta del Sol, con grabados que hacen referencia al calendario lunar, con las estaciones, los meses y semanas representados en la piedra, y el templo semisubterráneo adornado con más de 170 cabezas, que se supone representan a las personas más importantes de esta cultura.

La Puerta del Sol en las ruinas de Tiahauanco, cerca de La Paz
La Puerta del Sol en las ruinas de Tiahauanco, cerca de La Paz

Qué ver en La Paz

Aunque La Paz sea enorme, lo cierto es que en un día se pueden recorrer sus lugares más interesantes. Además de subir al teleférico que nos lleva hasta El Alto, hay otros miradores que nos ofrecen una vista diferente de la ciudad. Por ejemplo, el de Killi Killi, muy cerca del centro y al que se puede subir caminando.

El centro de la ciudad se encuentra en la Plaza Murillo, donde se sitúan la Catedral, el Congreso (que como curiosidad tiene el reloj de su torre al revés), y el Palacio de Gobierno. Cerca de aquí se sitúan las calles comerciales, aunque para encontrar souvenirs lo mejor es ir hasta el Mercado de las Brujas, detrás de la Iglesia de San Francisco, donde hay muchas tiendas de recuerdos y artesanías.

La Plaza Murillo es el centro de La Paz
La Plaza Murillo es el centro de La Paz

Muchos de los museos de la ciudad se sitúan en la Calle Jaén, una estrecha calle perteneciente a la ciudad colonial que es de las más bonitas. En esta calle, además, hay una curiosa cruz verde, y cuenta la leyenda que se colocó aquí para ahuyentar a los seres sobrenaturales que paseaban por ella, como fantasmas y almas en pena.

Y para comer, lo mejor es ir a los mercados, donde por 10 Bs. (1,5 euros aproximadamente) se puede comer un menú compuesto por sopa del día (fideos, verduras, caldo de gallina…) y un segundo a elegir (milanesa de pollo, carne de res, papas hechas de diferentes maneras…). La verdad es que en los mercados se come bastante bien para lo que cuesta, ya que es comida casera que recuerda a la de la abuela de toda la vida. De hecho, quienes preparan estas comidas son cholitas y van vestidas con sus trajes típicos, algo muy común aun entre las mujeres bolivianas.

Cuando uno llega a Bolivia choca bastante ver a la mayor parte de las mujeres vestidas con el traje típico, ya que es algo aparatoso. Lo más característico son sus faldas, unas sobre otras, haciendo que las mujeres parezcan más voluminosas de lo que son. Además, nunca faltan sus trenzas, su gorro y su manta a la espalda a modo de saco, en el que llevan desde productos para vender hasta bebés. Las cholitas (se puede ver a una de ellas en la última foto, cruzando la plaza) son solo una muestra de las particularidades de Bolivia con respecto al resto del mundo; un país que va a otra velocidad, que parece haberse quedado en el pasado, pero que paradójicamente funciona dentro del caos constante que para un visitante lo inunda todo.

Próximo destino: Copacabana y la Isla del Sol.

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